En la oscura arena de los contratos perpetuos, #Pippin es como una bestia astuta, acechando en la desolación de Solana. En las últimas dos semanas, esta moneda meme ha pasado de un mínimo de 0.05 dólares a un pico de 0.34 dólares, con un aumento cercano al 700%, y las velas parecen tormentas furiosas, devorando todas las almas que intentan ir en contra de la corriente. Los datos de liquidación son como un campo de batalla salpicado de sangre: millones de dólares en posiciones cortas desaparecen, la tasa de financiación se hunde en un fango de valores negativos, los vendedores en corto se ven obligados a rendirse a los alcistas, y el motor de liquidación de Bybit y Binance opera implacablemente, con pérdidas en posiciones cortas superando tres veces las de las largas. Los controladores del mercado —esas ballenas invisibles— sostienen el 37% de la oferta, frías como ajedrecistas, estrangulando la garganta de la humanidad. Cuando suben, los jugadores son como polillas a la llama: 0.09 dólares, una ola de cortos se lanza, jurando que “la basura debe ir a cero”; 0.12 dólares, otra ola llega, los apostadores gritan “¡no lo creo!”; 0.17 dólares, apuestan con ojos rojos, “¡te apuesto mi vida!”. Al llegar a 0.24 dólares, la tasa negativa es como una hoja envenenada, obligando a cubrir cuatro veces el capital, los jugadores piden préstamos en línea, vislumbrando esperanza —el descenso ha comenzado, la verdad universal se repite en sus mentes: “¡Mira, se va a colapsar!” Se sienten como los personajes de la canción de Zheng Zhihua, perdí la apuesta, pero estoy de buen humor. La alegría de la victoria espiritual florece en la oscilación de 0.15 dólares. Luego, una gran vela alcista rasga el cielo como un trueno, apuntando directamente a 0.34 dólares. El mundo queda en silencio. Los cortos colapsan, los préstamos en línea se agotan, las pequeñas ballenas se sienten “cargadas de costos”, pero en la repetida guerra de tarifas, el capital se disuelve, se alcanza un nuevo máximo, el guion se repite. La historia es como un espejo, pero nunca aprendemos: los cortos son solo combustible, encendiendo el festín de los manipuladores. El capital no tiene lágrimas, ama la vida, y se aleja de los contratos.