Hay momentos en los que el mercado te obliga a parar y pensar. No en buscar la próxima entrada, sino en cómo estás leyendo realmente el precio. Con el tiempo entendí que adivinar es lo más peligroso que puedo hacer. Cada vez que intenté anticiparme, el mercado me puso en mi sitio. Ahora solo intento observar. La estructura me dice dónde estoy, no a dónde voy. Las zonas me recuerdan que el precio tiene memoria. Las velas muestran intención, no promesas. El volumen confirma o desmiente lo que parece obvio. El contexto evita que una buena idea se convierta en una mala operación. Y el timing… el timing me enseñó a esperar. Esperar no es perder el tiempo. Es respetar al mercado. No necesito tener razón, necesito gestionar el error. No busco certezas, busco escenarios. Y si no se dan, no pasa nada. El mercado sigue ahí. Al final todo se resume en lo mismo: menos ego, menos prisa y nada de adivinar.