Comenzó como una risa.
Un meme, un momento, un disparo a la luna hecho en broma.
Dogecoin (
) nunca se suponía que importara.
Pero de alguna manera, se convirtió en la cosa más humana en cripto.
Porque detrás de la ironía estaba la inocencia —
la idea de que el valor podría venir no de la escasez,
sino de la alegría compartida.
En un mundo de algoritmos y codicia,
nos recordó la diversión.
Del temprano internet,
cuando todo se sentía como un descubrimiento — no como una dominación.
Se convirtió en un movimiento sin marketing,
una moneda sin un país,
una comunidad sin condiciones.