Los videojuegos siempre han sido un mundo aparte. Nos invitan a espacios que podemos controlar, desafíos que podemos resolver, historias que podemos influir. Sin embargo, durante décadas, los personajes no jugables han permanecido atados por cadenas invisibles. Hablan líneas guionadas. Siguen caminos predeterminados. Reaccionan de manera predecible, como relojes que funcionan en armonía mecánica. Los jugadores pueden luchar contra ellos, comerciar con ellos o convocarlos a misiones, pero la ilusión de vida es frágil. Los NPC existen, pero no recuerdan. No pueden protestar, cuestionar o desafiar al jugador. Son decorados vestidos como sociedad.