¡Qué giro tan irónico y oscuro!. La historia de Steve McNeld parece sacada de una fábula moderna: comienza con la codicia y la alegría por una herencia millonaria, pero termina con una lección inesperada y mordaz. La abuela, con un humor ácido y un toque de justicia poética, le deja objetos simbólicos —el bastón y la dentadura— en lugar de dinero, acompañados de una carta que destila sarcasmo y sabiduría.
Este tipo de relato funciona como una sátira sobre la avaricia y las expectativas de herencia. El contraste entre la foto inicial (feliz junto al ataúd) y la revelación final (todo donado a la caridad, salvo dos objetos absurdos) convierte la historia en una especie de parábola contemporánea. El mensaje es claro: quien espera enriquecerse de la muerte ajena puede terminar con nada más que recuerdos incómodos y una lección amarga.